Honestidad

Hermanos, bienvenidos. Empezamos juntos nuestro camino, una senda hacia la sanación y la libertad del control de la adicción. El primer paso en este camino espiritual requiere un coraje profundo, y está arraigado en un principio que puede parecer simple, pero que a menudo es el más difícil de abrazar: la Honestidad.

La idea central de este primer paso es una admisión cruda: Admitimos que somos impotentes ante nuestras adicciones; que nuestras vidas se han vuelto inmanejables.

Piensen en eso por un momento. Impotentes. Inmanejables. No son palabras fáciles de decir, especialmente para los hombres que a menudo se sienten presionados a ser fuertes, capaces y tener el control. Sin embargo, nuestra experiencia, las mismas luchas que nos traen aquí, nos dicen la verdad. A pesar de nuestras mejores intenciones, nuestras promesas a nosotros mismos y a nuestros seres queridos, nuestros intentos de controlar o moderar, la adicción persiste. Ha tomado un poder sobre nosotros que simplemente no poseemos la fuerza para superar por nuestra cuenta. Como resultado, nuestras vidas han quedado fuera de control: relaciones fracturadas, responsabilidades descuidadas, salud deteriorada, paz perdida.

Esta admisión de impotencia no es una declaración de debilidad en un sentido moral; es un reconocimiento honesto de una realidad espiritual y psicológica. Es la verdad que prepara el escenario para todo lo que sigue.

A la luz de nuestra fe Católica, este principio resuena profundamente con nuestra comprensión de la naturaleza humana y nuestra relación con Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica habla claramente sobre el pecado y sus efectos, lo cual incluye una pérdida fundamental de control. El párrafo 377 describe cómo el "dominio de sí mismo" que Dios había concedido al hombre desde el principio se perdió, dejándonos sujetos a deseos desordenados (concupiscencia). Esta incapacidad para controlar perfectamente nuestros impulsos y deseos es una consecuencia de nuestra naturaleza caída, resaltando nuestras limitaciones inherentes cuando dependemos únicamente de nosotros mismos. Además, el Catecismo explica en el párrafo 397 que el primer pecado fue un acto de desobediencia donde el hombre "dejó morir en su corazón la confianza hacia su Creador y, abusando de su libertad, desobedeció el mandamiento de Dios". Este alejamiento fundamental de Dios creó una vulnerabilidad espiritual que nos hace susceptibles a la esclavitud del pecado, incluyendo la adicción (ver también CIC 1865 sobre el pecado y la pérdida de libertad).

La Biblia también habla de esta condición humana. San Pablo, en su carta a los Romanos (Capítulo 7, versículos 18-19), lamenta: "Porque sé que en mí, es decir, en mi carne, no habita el bien; pues el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago". ¿Les suena familiar? Esto no se trata solo de la adicción; es una lucha humana universal con nuestra naturaleza caída, un claro reconocimiento bíblico de nuestra incapacidad para hacer constantemente lo correcto o curarnos a nosotros mismos sin ayuda.

Esto refleja la experiencia descrita en la literatura central de los programas de 12 pasos. Se habla de llegar a un punto de desesperación, un "tocar fondo", donde el individuo finalmente confronta el hecho innegable de que la fuerza de voluntad por sí sola es insuficiente. Deben admitir honestamente la derrota para comenzar el camino hacia la recuperación. Esto no se trata de ser una mala persona; se trata de tener una condición que es astuta, desconcertante y poderosa, una que nuestras defensas humanas no pueden conquistar en última instancia.

Entonces, la honestidad en este contexto significa mirar de frente la verdad de nuestra situación:

  • No podemos controlar con éxito nuestro uso de la sustancia.
  • Nuestras vidas se han vuelto inmanejables a causa de ello.
  • Nuestros propios esfuerzos para solucionarlo han fracasado.

Este es el primer paso crucial de la humildad. Es el momento en que dejamos de luchar contra la verdad y nos rendimos a la realidad. Es la grieta que se abre en la puerta, permitiendo que la posibilidad de algo nuevo entre. Es el reconocimiento honesto de que no somos Dios, de que no somos autosuficientes, y de que necesitamos desesperadamente ayuda de un poder superior a nosotros mismos.

Admitir la impotencia puede sentirse como rendirse, pero en la vida espiritual, es el requisito previo esencial para recibir el poder de Dios. Cuando finalmente dejamos de intentar hacerlo a nuestra manera, creamos espacio para que Dios obre a la Suya. Esta admisión honesta es la base sobre la que se pueden construir la esperanza y la fe. Es el primer paso para salir de la negación y entrar en la posibilidad de una vida nueva.

Oremos hoy por la gracia de la verdadera honestidad, para vernos a nosotros mismos y nuestra lucha con claridad, para que podamos comenzar el camino de la sanación en el amoroso abrazo de Dios.

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